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LAS ALAS DEL COLIBRI

Febrero 4, 2010
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Autor:Alicia Windelmer
fecha:04/02/10

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentado…
Pablo Milanés (Salvador Allende)

Cuando he visto a un Piñero ganar las elecciones en Chile el vértigo ha puesto alas a mi recuerdo.

La familia ese año no fue de vacaciones a la playa, como era la costumbre, en aquella ocasión, los padres decidieron ir a la montaña. Su padre les contó: vamos a un lugar donde el aire es limpio y transparente, por eso se ha construido allí un observatorio muy grande, desde donde los sabios ven las estrellas y todos los cuerpos celestes. A veces, los descubren por primera vez, entonces les ponen nombre. Su padre siempre les llevaba a sitios fantásticos y soñando con que bautizarían una estrella, partieron hacia las alturas.
El pequeño autobús, tras muchas curvas y una gran ascensión les dejó en el hotel elegido para pasar la noche, o mejor dicho, el día ya que la noche estaba destinada a contemplar el firmamento. Las dos hermanas nerviosas, expectantes, aguardaban la oscuridad; tenían que descubrir los puntos luminosos, blancos, multicolores, los satélites, los planetas, el cielo infinito que desde la cumbre casi podían tocar.

Estaban las dos niñas en el comedor, terminando de desayunar, cuando un golpe en el ventanal que daba al jardín atrajo su mirada. ¡Algo había ocurrido! un ser diminuto, todo verdor y pico, chocando contra el límpido cristal había caído al suelo donde, lo más seguro, se lo comería uno de los gatos que había en el hotel ¡Qué angustioso presentimiento el de la dos hermanas! salieron hacia el césped en busca del pobre animal, estuviera como estuviese no merecía ¡algo tan bonito! terminar en las fauces de un felino, que además estaba domesticado.

Carmen, la mayor, llegó primera y recogió del suelo, de entre la hierba el pequeñísimo pájaro que parecía muerto. Ana apareció en seguida y, sin atreverse a tocar el cuerpecito, le pregunto a su hermana, más con los ojos que con las palabras, ¿todavía respira?, ¿aún calienta tu mano? Mientras su hermana le decía: toma, tócalo con cuidado es más suavecito que la borla de cisne de mamá. Las dos, admirando aquel ser aún palpitante, le susurraban palabras de ánimo.

Entonces ocurrió lo más sorprendente: el pequeño protagonista de la historia se repuso del choque y, recordando al Ave Fénix, emprendió el vuelo. Pero no lo hizo de cualquier manera, no. Fue hacia las hermanas manteniéndose en ese vuelo tan especial del colibrí; aleteo delante de las caras infantiles, suspendido en el aire, durante unos segundos, como dando las gracias por su salvación y luego, con un quiebro, como el que acababa de hacer a la muerte, se perdió en la distancia. Fue tanta la emoción de las niñas ante el acontecimiento que, decidieron conservar la experiencia como un secreto entre las dos y así lo hicieron.

Aquella noche no pudieron ver los astros, pues al final de la tarde, el cielo se había nublado e incluso llovió. Su padre, con algo de disgusto, les prometió que regresarían al observatorio al año siguiente y su estrella estaría esperándolas. Pensó que llorarían por su noche nublada, pero las hermanas ya tenían su hallazgo luminoso, su secreto común, su colibrí salvado.

Ana, treinta años después, lo revivió todo al ver a sus hijas correr por los jardines de aquel mismo hotel. Ahora, cuando el paso del tiempo había enmohecido su memoria de los acontecimientos importantes; el asesinato de su padre, la desesperación de su madre y, sobre todo, la muerte de su hermana y su soledad a partir de ese momento. Ahora, cuando todas esas tragedias habían quedado enterradas, sin rostro ya, en un rincón de sus recuerdos, sentía vívido su colibrí y, con los dedos de la añoranza, retiraba la trenza morena de Carmen, para poder tocar el ave desfallecida que, las dos recogieron del césped aquel lejano primero de Septiembre de 1973.

El hombre alto, algo cargado de espaldas, con gruesas lentes de miope, después de un gran esfuerza ha llegado a la cima. Su pulso late, tiemblan sus piernas y unas manos violentas le empujan por el precipicio. Inicia una caída libre y en mitad del descenso sus amigos, los colibris del mundo agitan las alas elevándole de nuevo, pero ya no es él. Su aleteo de vida, sus sueños rotos llegan desde Santiago y lloran las guitarras y callan los hombres de buena voluntad.

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